Cuando era chiquita en mi casa había un solo televisor. Por
supuesto era en blanco y negro y para poder ver un programa había prácticamente
que pedir turno.
Pero eso hacía que tuviéramos que ver los programas en
familia, todos juntitos mirando el noticiero, las novelas, o el programa de
tango que le gustaba a los grandes, de vez en cuando los más chicos teníamos
suerte y podíamos mirar algún dibujo animado. Tampoco había tantos canales para
elegir, y uno debía contar con la suerte de tener una buena antena para que la
señal llegara a transmitir bien las imágenes.
Cuando cumplí los diez años llegó el furor de la televisión
en colores. Nos costó mucho poder comprarla, mi mamá tuvo que sacar un plan a
cinco años para poder pagarla. Nos parecía una maravilla, todo se veía lindo,
definido, diferente. Todavía nos reuníamos en familia a mirar los programas.
Después de unos años, y al bajar los precios de esos televisores, ya pudimos tener
dos, uno en la habitación de los padres y otro en el
comedor. De noche ya no nos reuníamos tanto, unos usaban uno y
los demás el otro.
Como un milagro al poco tiempo llegó la televisión por cable,
con todos esos canales extranjeros, películas, series, una variedad increíble
que nos daba a cada uno la opción de mirar lo que quisiera. Y para esa altura ya
cada uno podía tener su propio televisor. Uno en cada cuarto y otro enorme en
el comedor. Esa variedad para
elegir hizo que ya directamente no nos reuniéramos,
cada uno se iba a mirar lo que quería a su cuarto y listo.
Y así, a cada adelanto tecnológico uno tenía cada vez más autonomía
para elegir y menos contacto con la familia.
Hoy en día ya no es un evento mirar algo, esperar la hora de
un programa y rogar que todos lo quieran mirar, hoy en día cada uno tiene su
vida, y sus programas.
Eso sí, siempre que se puede, la familia se reúne los domingos para almorzar.
Sindel Avefénix
Más historias televisivas en lo de:JULIANO












.jpg)
